30 octubre 2008

Carrillo presentará el libro Morir en Paracuellos

Pero mira que se puede llegar a ser hijo de puta... (Ver enlace)

29 octubre 2008

Johnny Cash, Hurt y The man comes around








Garzón debe juzgar a Carrillo por las matanzas de Paracuellos

Solo una pregunta:

¿Cuando juzgará Garzón a Carrillo por las matanzas de Paracuellos?

27 octubre 2008

La importancia de la educación, en el amplio sentido de la palabra.


Hoy en día parece que las normas de educación y urbanidad se han perdido, todo el mundo tutea, nadie hace nada por nadie, no se cede el asiento a un señora aunque sea mayor y lleve bastón, las embarazadas van de pie en el autobús...

Una de las causas de los males que asolan a nuestra querida patria, es la mala educación, y esto ocurre por no pensar en los demás por que si pensáramos en los demás saldría instintivamente sin casi necesidad de haber sido aleccionados en las normas de educación y cortesía.

Mi hijo mayor tiene casi cuatro años y sabe que cuando entra una mujer en la habitación donde el está debe levantarse como deferencia y cortesía. Habrá quien diga que soy un exagerado pero me da igual, a mi me enseñaron así y yo transmito esa enseñanza que considero la correcta. Mi hijo de casi cuatro años no interrumpe si los "mayores" están hablando, pide las cosas por favor y da las gracias siempre, se preocupa por su hermano, no se olvida de rezar ni un solo día, etc.

Sabe perfectamente que Dios es Jesús, Nuestro Padre y que debe comportarse con más corrección que nunca cuando estamos en Su casa, en Misa, y se comporta sin montar numeritos. Conoce cuales son los símbolos de España y los respeta, los reconoce y se alegra al verlos como debe hacer todo buen español, y como buen español y educado no tira papeles al suelo llegando a guardárselos en los bolsillos cosa que he visto con mis propios ojos.


Esto no es más que el principio, toda vía le queda un mundo por descubrir y normas que observar, pero desde que tiene uso de razón tanto su madre como yo, le inculcamos el respeto por el prójimo, aunque le enseñamos bien que debe defenderse tanto el como a su hermano pequeño, el respeto por su patria, España, y sobretodo el respeto y amor a Dios, aun por encima de su familia. Todo esto o se mama desde pequeño o dificilmente llega a calar en la persona.

Tener educación es aguantar muchas veces, controlar nuestros instintos, dominar nuestra ira, y sobre todo pensar en los demás. Asco me da ver a chicos y hombres sentados en el autobús mientras señoras van de pié sujetas a la barra entre los vaivenes del autocar, o los que tutean sin la menos señal de respeto, los maleducados que tiran las colillas al suelo o simplemente los que siendo fuertes no ceden su puesto al débil en el lugar que sea.


Este comentario me ha venido a la cabeza al ver como un hombre de unos 45 años, de 1,80 metros de altura y complexión normal, fue incapaz de ceder su lugar a un viejecito de unos 80 que apenas llegaba al 1,60, delgado a más no poder y que sujetaba temblorosamente dos bolsas de supermercado con apenas 4 o 5 cosas cada una, pero cuyo peso hacia que sus manos temblaran bajo el esfuerzo de la espera de una cola interminable.

Este capullo cuarentañero vio perfectamente que el viejecito lo estaba pasando mal, yo me di cuenta y vi que el se daba cuenta también, pero fue incapaz de cederle el sitio y así ahorrarle unos minutos largos pues llevaba una cesta repleta de productos.
Durante toda la espera en la cola, más o menos 10 minutos, estuve bastante enfadado con este capullo, le miraba su cara de autentico gilipollas y me daban ganas de darle dos guantazos, obviamente todo esto es lo que se me pasaba por la cabeza, nunca llegaría a la práctica, naturalmente. Finalmente el maleducado pasó y el viejo tuvo que aguantar la cola, y yo seguía cabreado con el capullo, indignado.

Desgraciadamente y por lo que veo, hoy por hoy la gente por regla general está mucho pero educada que antes, cuando yo era un niño. No se respeta la autoridad, ni la veteranía, ni a la persona, el honor ha pasado a ser una palabra desconocida... y yo me niego a que mis hijos sean así de gilipollas, y por ello me esfuerzo día a día en que sean educados en todo el sentido de la palabra, que es la base que hay que tener para ser una buena persona, un buen español.


Te recomiendo que leas el artículo, muy bueno, escrito por Arcendo y titulado "Cuestión de Educación", que me ha servido de inspiración para escribir estas palabras.

26 octubre 2008

Yo crecí en los 80

La canción no vale un duro, pero la letra recuerda a los 80 y las imágenes lo complementan, seguro que más de un recuerdo os trae, ¿a que si?

Ernesto Benach, sin estudios universitarios cobra mas de 153.000 euros


Con el COU, señores, que es lo que tiene este este individuo, con el COU ha hecho "carrera" en la política y ahora se dedica a engordar su ya abultada panza y como no, su cuenta corriente que no tiene nada de "corriente. Igualito que Pepiño Blanco (pincha en este enlace y te escandalizaras de ver como un inepto vividor de la politica se forra a costa de todos los españoles), Roldan, Corcuera...

25 octubre 2008

Siempre llevaré la Cruz con orgullo



Denuncian al Huesca porque su camiseta lleva una cruz cristiana católica, ya puestos pueden denunciar al Sevilla que también tiene otra camiseta con otra cruz y para más preocupación con la bandera de España.

Yo llevo la bandera de España en mi llavero, en el casco de mi moto, y tengo un crucifijo en mi mesa en el trabajo, también en mi casa, pueden denunciarme a mi también por lo tanto, pues la cruz la llevaré siempre encima pese a quien pese, y me importa un pimiento, un rábano, y dos pares de cojones lo que piensen unos cretinos desgraciados, sean quienes sean.

Zapabobo


24 octubre 2008

Fesser y la pornografía moral

A Fesser le puede caer mal el Opus Dei, la Iglesia Católica y el cristianismo. Pero no tiene derecho a usar a una niña santa para arrojarla contra aquello que ella misma amaba. Eso no es hacer cine. Eso es comportarse miserablemente. Eso es prostituir el séptimo arte. Eso es enriquecerse de la forma más mezquina. Eso es ser una mala persona.
Por Luis Fernando Pérez

22 octubre 2008

Zapatero no asistirá a la cumbre de Washington

A Zapatero le dan una patada en el culo, no entraría ni en el G-100, por capullo. EEUU no ha atendido las súplicas de Zapatero, que se ha puesto hasta de rodillas, llorándole a Sarkozy para que intercediera y así poder asistir a la cumbre de Washington.

Zapatero, tontorrón, no puedes pinchar a un león y después esperar a que invite a cenar, so capullo, eso es de primero de EGB de diplomacia. Lo malo es que los platos rotos no los pagas tu, los pagamos todos, eso si, el ridículo mundial todo para ti, que has hecho el ridículo más espantoso posible. Inepto.

20 octubre 2008

Todos fuimos embriones



La vida humana se desarrolla dentro de una continuidad fundamental. “El embrión no es un mero agregado de células vivas, sino el primer estadio de la existencia de un ser humano. Todos hemos sido también embriones”.
Por una ciencia al servicio
de la vida humana 3.1

El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida”.

Los frutos del mal

Nos preocupamos porque el paro aumenta, y es lógico que así sea. Pero no nos preocupamos por el hecho de que, en el 2007, en España 107.000 niños hayan sido asesinados en el vientre de su madre.

Por Santiago Martín

Según un estudio que se acaba de hacer y publicar en Estados Unidos, sólo el 6 por 100 de los norteamericanos están preocupados, en primer lugar, por cuestiones éticas de índole diversa, que van desde la corrupción al aborto. La inmensa mayoría da la primacía a la situación económica. Por muy comprensivo que sea acerca de la crisis financiera, me da la impresión de que los norteamericanos, como los españoles, nos preocupamos más de lo que se ve que de lo que no se ve, más de los frutos que de las raíces, más de las consecuencias que de las causas.

El resultado es que, o no logramos evitar las consecuencias o, si lo hacemos, lo conseguimos sólo de manera transitoria. Porque lo que parece que nadie quiere ver y pocos se atreven a decir es que la situación actual es la consecuencia de un pecado, de un incumplimiento grave de los principios éticos acerca del recto uso del dinero, de la avaricia, de la corrupción y, en definitiva, de una manera de entender la vida en la cual no importa cómo consigas lo que quieres con tal de que lo consigas. Cuando el fin justifica los medios, más pronto o más tarde los medios terminan por acabar con el fin.

Nos preocupamos porque el paro aumenta, y es lógico que así sea. Pero no nos preocupamos por el hecho de que, en el 2007, en España 107.000 niños hayan sido asesinados en el vientre de su madre. Nos preocupamos, y es natural, de que los bancos no tengan dinero para dar créditos, pero no nos importa que millones de personas mueran de hambre con tal de que estén lejos de nuestra mirada. Seguro que saldremos de esta crisis coyuntural, pero me temo que no habremos aprendido la lección: sin respeto a la vida, sin justicia y sin caridad, lo único que conseguiremos es retrasar la fecha de la catástrofe. La Razón

Hasta aquí lo dicho por Santiago, yo solo quiero añadir que todo lo malo que le ocurre al hombre es precisamente por haber olvidado a Dios, por ignorarlo, y así nos va.

19 octubre 2008

Wandering Star, de Lee Marvin

Preciosa canción interpretada por Lee Marvin, canción que me ha recordado Arcendo que existía pues la tenía bastante olvidada. Dedicada a mi padre, a quien siempre le ha gustado esta canción y por supuesto Lee Marvin.

Por qué la izquierda está muerta o siete razones para abandonarla

ver enlace web de César Vidal

Sospecho que para indicar por qué abandoné la izquierda debo hacer un poco de historia, aunque sea de la pequeña y personal. Mi simpatía e identificación con la izquierda se produjo en la adolescencia. Me repugnaba ciertamente el comunismo, en especial por la lectura de los disidentes rusos y —¿cómo no?— del Archipiélago Gulag y otras obras de Alexander Solzhenitsyn, pero creía en la posibilidad de una izquierda que no necesariamente fuera totalitaria ni apoyada en la política de bloques existente entonces. De manera más o menos difusa, me identificaba con el modelo socialdemócrata sueco, el de una izquierda supuestamente democrática, neutral y pacifista en el plano internacional y partidaria de todas las causas que yo consideraba nobles.

Por supuesto, me entusiasmé como tantos —tantísimos— otros con la revolución sandinista en Nicaragua. A mi juicio, aquella era una clara manifestación de que todavía las revoluciones resultaban posibles, de que un pequeño David revolucionario podría enfrentarse con el terrible Goliat yanqui y de que era viable un sistema socialista con pluralidad de partidos y sin depender de la URSS o de China. Mi entusiasmo por la experiencia sandinista duró justo hasta que visité Nicaragua. Porque lo que descubrí en el país centroamericano fue una dictadura no por sutil menos repugnante que la soviética. Los sandinistas oprimían al pueblo de la misma manera cruel y despiadada que mis odiados esbirros de la NKVD y el KGB. Habían creado un sistema en el que la Nomenklatura —como siempre— disfrutaba de lo mejor mientras el pueblo pasaba hambre, eso sí, atiborrado a todas horas de una propaganda estúpida que les convencía de que sus miserias no se debían a las pésimas consecuencias del socialismo sino a la acción del imperialismo. A la asfixiante falta de libertad y al torrente de la efectiva propaganda para subnormales —nunca había yo vivido nada semejante ni siquiera en la España de Franco— se sumaba la creación de un sistema en el que podían existir otros partidos políticos, pero sin que semejante circunstancia significara nada porque todo el control estaba en manos de los sandinistas. Ah, y de tercera vía, nada de nada. Las únicas publicaciones que se veían en Nicaragua eran de origen soviético y los colaboradores eran gente, mayoritariamente, procedente de las dictaduras del Pacto de Varsovia. Aquello era lo denunciado por Solzhenitsyn, pero más sutil.

Harto y asqueado de la experiencia nicaragüense, estaba yo mostrando mi pasaporte en el aeropuerto de Managua cuando escuché detrás de mí una voz cuyo acento era español y quizá incluso de Madrid. Me giré sobre mí mismo y le pregunté al respecto. Efectivamente, era español. La espera se adivinaba larga y, en la soledad de la sala, comenzó a contarme su experiencia. Había pasado las últimas semanas colaborando con el gobierno sandinista. Su salario lo pagaba en dólares una comunidad autónoma aunque, en teoría, aquel era un proyecto clandestino que no debía conocerse. Y, tras revelarme el secreto de su misión, comenzó a cantarme las loas de la revolución sandinista que él había vivido situado en las alturas del poder. Soporté con paciencia aquel chorro de propaganda hasta que, al final, el enviado clandestino de un gobierno autonómico progre me hizo referencia a lo barata que era la vida en Nicaragua. Había yo sufrido con el pueblo la miseria literal ocasionada por el socialismo nicaragüense y aquella referencia a lo fácil de la existencia encendió en mí una luz de alarma. «Anoche», me dijo entusiasmado, «fuimos a comer seis personas a… Unos camarones, unos filetes, unas cervecitas y nos costó… Vamos, por eso en España, no cena ni una persona». Tuve que hacer un serio esfuerzo para no acordarme de la madre que había traído al mundo a mi interlocutor, al presidente autonómico que lo financiaba y al mismísimo Karl Marx. Por el contrario, con el tono más sosegado posible, le dije: «¿O sea que la cena de cada uno de ustedes costó algo más de seis meses de salario de un obrero nicaragüense?». Nuestra conversación no duró mucho más —salió él para la Habana y yo para Bogotá— pero creo que había quedado de manifiesto lo que era la izquierda, lo que siempre ha sido la izquierda. Mientras la gente de abajo padece el hambre, la opresión y la falta de libertad, la Nomenklatura vive de una manera que hubieran envidiado muchos burgueses. Al mismo tiempo, no faltan gobiernos occidentales que desvían fondos de los contribuyentes para sustentar dictaduras de cuyas mieles disfrutan en viajes organizados que los convencen de las virtudes de la revolución cuando, en realidad, tan sólo sirven a la tiranía. En los años siguientes, viví experiencias semejantes una y otra vez.

Sin embargo, aquel viaje a Nicaragua no significó todavía la ruptura. Sí lo fue —para disgusto de mis amigos— el final de mi apoyo a personajes repugnantes como Daniel Ortega o Fidel Castro, pero todavía conservaba una tibia fe en que la izquierda en España podía ser diferente. Aquí debo agradecer a Felipe González y sus años de gobierno socialista que me permitieran ver la luz. El legado de aquella izquierda fue la corrupción más espectacular de la historia de España, una gestión económica deplorable vinculada a millones de parados, un intento encarnizado de domesticar las libertades lo mismo vulnerando la independencia del poder judicial que acosando a los medios de comunicación independientes y un desprecio absoluto por la legalidad que tuvo, entre otras consecuencias, la articulación del terrorismo de Estado de los GAL.

La realidad de España, a decir verdad, era mucho peor, pero, por aquel entonces, yo sólo veía aquello y me empeñé —con la misma cerrilidad que el creyente al que la fe se le desmorona porque carece de base— en considerar que el problema no era la izquierda sino esta izquierda. Fue precisamente en esa época cuando conocí a algunos de los elementos críticos del PSOE —críticos precisamente con Felipe González— que, supuestamente, podían cambiar todo. La experiencia duró unos meses y de ella salí definitivamente convencido de que no es que la izquierda tuviera problemas sino que el problema era la izquierda. No sabría decir si llegué a esa conclusión al ver, por ejemplo, que consideraban a Santiago Carrillo un héroe; al comprobar que eran incapaces de ver que la renovación pasaba por algo similar a Tony Blair o al percatarme de que su mensaje no era sustancialmente distinto al de Felipe González aunque, eso sí, ellos no tenían el poder y lo deseaban.

Mi ruptura definitiva con la izquierda se produjo así de manera nada traumática ni dolorosa. Fue como la ruptura de una soga cuyos hilos se hubieran visto segados poco a poco y cuando el último se soltó sentí únicamente que había sucedido lo que tenía que suceder. A esas alturas, mis razones para romper eran las mismas que ahora y estaban formuladas con la misma contundencia en mi mente, aunque todavía no expresadas con tanta nitidez por escrito como en los últimos años.

En primer lugar, rompí con la izquierda porque amo la libertad. El amor por la libertad forma parte de mi carácter por diversas razones. Entre ellas se encuentran la pertenencia a una minoría religiosa que ha sufrido durante siglos la persecución y la intolerancia; la pasión por escribir o el deseo de analizar sin cortapisas el mundo que me rodea. Para todas y cada una de esas facetas esenciales de mi vida necesito la libertad y lo cierto es que los grandes proyectos totalitarios de la Historia han sido socialistas. No se trata únicamente de que el primer estado totalitario de la Historia fuera levantado por los bolcheviques sino de que el mismo fascismo fue un proyecto socialista. Durante los años veinte, los estados más intervencionistas eran la URSS de Stalin y la Italia fascista de Mussolini y nunca me resultó sorprendente que Hayeck señalara que el nacionalsocialismo alemán, lejos de ser derechista, era tan sólo otro modelo socialista que se parecía enormemente al soviético. El propio Mussolini lo dejó claro ya en los años veinte cuando señaló que el fascismo sólo era un socialismo nacional. Si la gente supiera historia, se percataría de hasta qué punto las políticas socialistas y socialdemócratas de la posguerra son tributarias del fascismo italiano, y hasta qué punto no pocos de los supuestos proyectos progres de ZP fueron antecedidos por medidas legales impulsadas por el propio Hitler. En todos y cada uno de los casos, la izquierda pretende tutelar y dirigir la vida de los demás desde el nacimiento —¡y antes!— hasta la tumba. Sin duda, la perspectiva resulta atrayente para muchos. Para mí, se dibuja escalofriante.

En segundo lugar, abandoné la izquierda porque creo en el individuo. Personalmente, estoy convencido de que el sujeto de derechos es el ser humano como individuo y no la raza, el sexo o las circunstancias médicas. A decir verdad, la Historia muestra que los derechos individuales son los mimbres de la libertad y que cuando se cercenan —como en el caso de la izquierda— la libertad se ve amenazada si es que no desaparece. En términos generales, creo que el individuo sabe dar mejor uso a su dinero que el burócrata que decide quitárselo para utilizarlo en sus fines; creo que el individuo sabe educar mejor a sus hijos que el burócrata que decide adoctrinarlos y creo que el individuo gusta más de la libertad de lo que el burócrata está dispuesto a concederle. Lamentablemente, la izquierda está convencida de que sabe mejor que nosotros cómo debemos gastar nuestro dinero, cómo debemos educar a nuestros hijos e incluso cómo debemos emplear nuestro tiempo libre y a mí esa vocación liberticida de la izquierda me resulta totalmente insoportable.

En tercer lugar, abandoné la izquierda porque creo en la justicia. Me consta —yo fui uno de los infelices— que, históricamente, la izquierda ha captado a no pocos de sus fieles predicando la justicia. Al hacerlo, no ha pasado de representar el papel de falso profeta. Pocas ideologías hay más injustas que las de izquierda. De entrada, la justicia, por definición, debe dar a cada uno lo suyo y además debe comportarse con todos de manera igual e imparcial, es decir, debe actuar de manera diametralmente opuesta a como pretende la izquierda. Y es que la izquierda siempre ha creído en una justicia que trate a los seres humanos de manera desigual apelando a artificios como la justicia de clase o la discriminación positiva. En un ejemplo de dislate jurídico, el Tribunal Constitucional español ha resuelto hace unos meses que es correcta una ley que castiga por el mismo delito de manera desigual a hombres y a mujeres. Saltando por encima de los Bills of rights del derecho anglosajón y de las constituciones liberales, el Tribunal Constitucional ha regresado a Hammurabi que también consideraba que las penas no podían ser iguales para todos los seres humanos.

Por si esto —que ya de por sí es muy grave— fuera poco, la izquierda tampoco da a cada uno lo suyo. Por el contrario, despoja —el término es del propio Marx— a unos para dárselo a otros. Las imágenes que surgen al decir esto son las de campesinos que reciben las tierras de los latifundistas o las de inquilinos que se quedan con los pisos de los propietarios. Semejantes realidades resultarían ya discutibles siquiera porque no se termina de ver la justicia de que se prive del fruto de su trabajo —unos pisos o unas tierras— a un ciudadano para dárselo a otros, pero es que, para colmo, la izquierda tampoco ha actuado tan generosamente nunca. Por el contrario, se ha limitado —en las dictaduras— a robar a unos para colocar el fruto del expolio bajo el control de una Nomenklatura que actuaba, supuestamente, en beneficio del pueblo. En Rusia, nunca se repartieron tierras a los campesinos. Por el contrario, los bolcheviques se hicieron con la tierra, ligaron a ella a los campesinos con una dureza más cruel que la de los zares y, acto seguido, gracias a la incompetencia socialista en la gestión de la economía, causaron la muerte por hambre de millones de personas, algo desconocido en la Historia rusa. En las naciones occidentales, el sistema de despojo ha sido más sutil. Por ejemplo, el contribuyente de las clases medias se ve aplastado por los impuestos para que los titiriteros progres cobren sustanciosos contratos pagados con esos mismos impuestos. Se despoja a los trabajadores para enriquecer a la Nomenklatura y a sus paniaguados. Demos gracias a Dios de que, al menos, no existe el gulag, aunque es innegable que sí existe una injusticia mantenida de forma sistemática.

En cuarto lugar, dejé la izquierda porque creo en el esfuerzo personal y en la excelencia. Lejos de sentirme satisfecho con el mundo en el que vivo, estoy convencido de que muchas cosas han de cambiar, pero para que puedan cambiar a mejor, nosotros hemos de ser mejores, es decir, exactamente lo contrario de lo propugnado por la izquierda. En su afán por controlar nuestra vida desde el claustro materno hasta después de la muerte, la izquierda está empeñada en crear un sistema igualitarista que no afecte, por supuesto, a los miembros de la Nomenklatura. Uno de los terrenos donde se percibe con más claridad semejante perversión es el educativo. Como sabemos no pocos por experiencia, la buena educación es el único camino que permite a los hijos de familias humildes salir de su estrato social y progresar. La izquierda, con su empeño en conformar la educación, no de acuerdo a criterios de excelencia sino de igualitarismo, ha cegado ese camino a millones de niños y jóvenes. La educación que reciben en centros públicos es mala, sectaria y deficiente, pero, por añadidura, es una educación diluida y aguada para que hasta el más tonto y el más vago pueda sacar un título. No siempre se consigue esta última meta, pero, por regla general, sí se logra apartar a no pocos de los mejores del camino hacia el éxito. Por supuesto, los miembros de la Nomenklatura —los que han creado ese sistema que persigue por definición la excelencia— no son tan estúpidos como para convertir a sus hijos y allegados en víctimas de sus acciones. Recuérdese que en España los ministros socialistas no llevan a sus hijos a los centros públicos que sufren las consecuencias de sus actos sino a elitistas centros privados. De nuevo, la igualdad y la justicia son trituradas por el igualitarismo de la izquierda.

En quinto lugar, abandoné la izquierda porque creo en la inteligencia y en la belleza. A pesar de que la propaganda de la izquierda insiste en lo contrario, la izquierda ha demostrado una pasmosa incapacidad para crear algo bello y, a la vez, inteligente a lo largo de su dilatada Historia. Cuando ha sido inteligente, no ha solido pasar de la categoría de agitación y propaganda y la belleza, por regla general, ha brillado por su ausencia… a menos que consideremos bella una composición tan cursi e idiota como ésa de «el sable del coronel. Cierra la muralla». Todo eso por no hablar del dinero de nuestros impuestos gastado a raudales en gente de la farándula de la más dudosa calidad artística. El hecho de que Miguel Ángel, Cervantes, Beethoven o Shakespeare salieran adelante —y crearan obras geniales— sin pertenecer a la izquierda ni cobrar subvenciones debería llevarnos a reflexionar. El hecho de que la izquierda, a pesar del dinero de los demás que ha gastado en ello y a pesar de sus supuesta superioridad moral, no haya tenido un Bach, un Goethe o un Velázquez sino, como mucho, algunos compañeros de viaje, da para pensar, y mucho. Sin embargo, no resulta tan extraño. Cuando no se busca el talento ni la excelencia, cuando se prima la sumisión a las consignas, cuando se persigue a los que destacan, cuando se odia la excelencia y se prefiere el sectarismo sumiso, el resultado no puede ser otro.

En sexto lugar, abandoné la izquierda porque carece de mensaje que vaya más allá de la opresión de los demás. Por más que se esfuerce en presentarse como un frente de progreso, la verdad es que la Historia ha derrotado en toda línea a la izquierda. Dejó de manifiesto con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS que el socialismo real había sido una pesadilla más que un sueño y los jirones que aún persisten de ese sistema —Cuba, Corea del Norte, etc.— constituyen muestras patéticas de tiranías cruentas y agónicas.

Por si fuera poco, el mismo mensaje de la socialdemocracia ha demostrado su fracaso para solucionar problemas y, por el contrario, ha dejado de manifiesto que sus efectos perversos son múltiples y dañinos.

Ayuna de éxitos, la izquierda sólo tiene dos caminos. O bien se derechiza para salvar a los estados de las consecuencias nefastas de las políticas de izquierdas o bien se entrega a la defensa de las rancias políticas de ayer acentuando el elemento opresor mediante el trato de favor a lobbies no representativos, pero feroces y agresivos. El primer caso es el de la política de Tony Blair que, sobre el papel, es de izquierdas, pero que, en realidad, constituye un ejemplo de que la izquierda sólo puede esperar hacer algo sensato y de provecho si gobierna con las recetas de la derecha. El segundo caso es el de ZP en España. Incapaces de conservar los logros de los gobiernos del PP y carentes de escrúpulos, ZP y sus adláteres lo mismo defienden a dictaduras como la cubana o la venezolana que propugnan la imagen de la Segunda República española creada por la Komitern de Stalin, que se arrodillan ante los programas delirantes del feminismo radical —que es más que dudoso que represente a las mujeres— o del lobby gay, que, con toda seguridad, no representa a los homosexuales. El resultado de esa esterilidad política, social y ética es volcarse cada vez más en políticas que tan sólo buscan oprimir a los demás indicándoles lo que pueden hacer, lo que deben pensar, lo que han de sentir, lo que han de comer, en qué tienen que emplear su tiempo libre e incluso cuándo y cómo tienen que morir y, como en todas las tiranías, la satisfacción de los tiranos se sustenta en la opresión de los tiranizados.

Al fin y a la postre, de acuerdo a la ortodoxia de la izquierda, la sociedad se ve dividida en tres grandes grupos: la Nomenklatura que nos dice todo lo que hemos de hacer, decir y pensar; los grupos minoritarios y escasamente representativos a los que la Nomenklatura favorece —porque los ve como aliados naturales— mediante subvenciones y prebendas, y, por último, los que con nuestro trabajo y nuestros impuestos mantenemos a una Nomenklatura que nos oprime.

Al fin y a la postre, la izquierda acaba instaurando una dictadura sutil en Occidente —brutal en el resto del mundo— donde la libertad, la excelencia, el saber, la justicia y la belleza se ven sustituidas por la tiranía, la estupidez, la ignorancia, la injusticia y la zafiedad. Obsérvense determinados gobiernos y dígaseme que no es cierto y, sobre todo, que no son razones más que sobradas para abandonar la izquierda a menos que uno desee formar parte de la dorada Nomenklatura que decide lo que los demás deben hacer, decir y pensar mientras ella vive del fruto del trabajo de los otros.

A estas seis razones de carácter general para abandonar la izquierda, desearía añadir una séptima de carácter más personal. Abandoné la izquierda y resultó decisivo en mi caso, porque soy cristiano. Es cierto que durante años pensé —y estaba profundamente equivocado— que los valores de la izquierda eran algo así como una visión laica de los valores propugnados por el cristianismo. Pensaba yo —y erraba gravemente— que las palabras justicia, libertad o dignidad tenían el mismo significado. La realidad es que no se corresponden ni por aproximación. De la misma manera que el Jesús del Código Da Vinci sólo tiene en común con el de los Evangelios la colocación de las letras del nombre. Conceptos como los de justicia, libertad, dignidad o vida son diametralmente opuestos en la formulación de la Biblia y en la de la izquierda. Entrar en un examen detallado de la cuestión podría ser objeto de un ensayo, pero, obviamente, desborda la finalidad de estas páginas. Basta, sin embargo, ver cómo los denominados cristianos de izquierdas acaban siendo mucho más de izquierdas que cristianos o cuáles son las posiciones de la izquierda sobre la vida o la familia para percatarse de que entre ambas cosmovisiones se despliega un abismo tan insalvable como el que separaba a los réprobos del Hades de los bienaventurados del seno de Abraham en el Evangelio. Una persona que, de verdad y de corazón, ame las enseñanzas de Jesús no encaja con una visión del mundo que pretende controlar al ser humano desde antes de nacer —para facilitar su eliminación— hasta su muerte —para despenalizar su eliminación— ni tampoco con discursos que pretenden encerrar a los creyentes en sus lugares de culto o que pasan por alto la naturaleza humana o la mera realidad a la hora de pensar en las tareas de gobierno.

Dicho lo anterior, personalmente estoy convencido, como ya he indicado, de que la izquierda no tiene mensaje tras el fracaso del socialismo y sólo le queda la esencia tiránica que ha contaminado su andadura desde su nacimiento a finales del siglo XVIII.

Dado que no vamos —¡demos gracias a Dios!— hacia la dictadura del proletariado ni es previsible que el socialismo real se mantenga en pie mucho más allá de la muerte de Fidel Castro, la izquierda sólo puede ofrecer un mensaje achatado, obtuso, de tiranía y control, de totalitarismo y entontecimiento creciente de las masas que, como criticaba Juvenal, sólo ansíen pan y circo y para ello estén dispuestas a aceptar la vileza y la animalización. Pero ésa es una razón adicional bien poderosa para abandonarla.

Sin duda, en el seno de la izquierda existen personas de buena fe que están convencidas de que se hallan en el mejor lugar para ayudar al prójimo. Es posible que tarden en salir de esa equivocación años y sólo Dios sabe el daño que habrán podido causar a los que desean ayudar durante ese tiempo. Pero a esas personas que, de corazón, desean ayudar a los demás —y no buscarse un pesebre a costa del sudor de los demás— se les podría decir lo mismo que el autor del Apocalipsis gritaba a la gente decente que aún se hallaba en las garras de Babilonia la grande, la prostituta, roja y borracha con la sangre de los santos y de los inocentes: «salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas» (Apocalipsis 18, 4).

17 octubre 2008

Bebé-medicamento

Los "felices" padres con su bebe diseñado a la carta sonríen olvidando que más de una decena de sus hijos han muerto para que ellos puedan hacerse esa foto.
Es duro pero es verdad, la cruda realidad.

Hay un solo estudio (publicado el 5 de mayo en JAMA volumen 291, página 2079) en el que se tiene constancia que de 199 embriones (hijos) de 13 parejas se seleccionaron 45 y sólo han nacido 5 niños, con lo que 194 seres humanos han muerto por el camino.

¿Merece la pena matar a 194 seres humanos para conseguir que nazcan 5 seres humanos?
.

¿Merece la pena matar una media de 15 hermanos (embriones) para conseguir uno solo que al nacer pueda ayudar a su hermano enfermo a curarse?.

No entiendo como un padre puede matar a hijos suyos para salvar la vida de otro hijo mayor, no lo entiendo, una vida es una vida y ninguno somos Dios para disponer de ella. Tampoco entiendo como médicos que han jurado defender la vida estén destrozando embriones humanos en sus experimentos para crear bebes a la carta, según el pedido de sus padres.

Cuanto hijo de puta hay en el mundo, y lo malo es que por su culpa millones de seres humanos mueren sin que podamos hacer nada por evitarlo, solo esta pataleta que escribo aquí por si alguien que me lea y que no haya caído en la cuenta de lo que está pasando, cambie su forma de pensar y se una en la defensa de la vida de estos pequeños asesinados.

Si mi hijo tuviera una enfermedad mortal, nunca accedería a "fabricar" otro hijo para salvarle la vida, pues en el proceso estaría matando de hecho a decenas de hijos mios, tan mios como el enfermo.

Todos los males que nos asolan son por haber olvidado a Dios, eso lo tengo claro, el ser humano cuando olvida a Dios pierde su humanidad, y esto lo comprobamos desgraciadamente día a día.

Carta abierta a Fesser, escrita por un hermano de Alexia

“Le ruego que deje de maltratarnos”

Soy hermano de Alexia González-Barros, la protagonista inequívoca de su última película. Ante la proximidad de su estreno, al que nos ha invitado, quiero explicarle porqué no vamos a ir, y sé que usted lo entenderá muy bien.
En primer lugar, esos hechos reales que a usted sólo le inspiraron para escribir su guión, realmente sucedieron; y nosotros, también de un modo realísimo, los sufrimos.
Obviamente, no queremos hurgar en la herida y revivir ese dolor; aunque usted por ello se permita recriminarnos que, de este modo, opinaremos sobre su película “por terceros, en lugar de por nosotros mismos…”
En su respuesta a la carta abierta de mi hermano, usted afirma que quiso contactar con nosotros; pero calla, y bien lo sabe, que sólo lo intentó a partir de septiembre, cuando la película sobre Alexia estaba acabada.
Para entonces, nosotros sus hermanos, como todos, ya nos habíamos desayunado el 31 de julio con el titular tan explícito de su reportaje en ‘El País’: “Javier Fesser habla de su película sobre el Opus Dei y sobre Alexia…” Aquí sí que nos dolió recibir una información que tan directamente nos afectaba, no ya por terceros, sino por la prensa...
Me sume en la perplejidad alguna de sus declaraciones -que lógicamente, sigo con atención-, tales como su solemne y repetida afirmación de que “es una ficción donde no hay nada inventado”.
Asombroso, hasta que descubres que “los trozos de realidad” que usted menciona, se identifican sin ninguna duda con Alexia y mi familia, pero, eso sí, (mal)interpretados a su manera.
Sin duda se trata de una manipulación semántica -un perverso juego de palabras- tras el que se esconde cuando las preguntas directas le impiden exponer su discurso de buen chico.
En una de sus cartas escribe que “a vuestra hermana Alexia le gustaría” la película, ¿cómo puede sostener eso cuando la retrata ridículamente a ella misma y a quienes ella más quiso: sus padres y su única hermana; y se burla de Dios y de aquello en lo que creía?
También quería recordarle un viejo asunto: le pedimos formalmente que retirara el nombre de nuestra hermana Alexia del texto que aparece al final de su película.
¿Por qué no lo ha hecho?
Para evitar confusiones a quienes pensaran ver esta película, quisiera advertirles que a través de ella nunca conocerán a su protagonista, Alexia González-Barros, ni las profundas razones gracias a las cuales afrontó con tanta entereza, ejemplarmente, la durísima enfermedad de la que murió a los 14 años.
Y a usted, señor Fesser, le agradeceré que deje de maltratarnos con guante blanco y de considerarnos estúpidos.
Al menos, un poco de ese respeto del que tanto habla.

Fdo. José Damián González-Barros González

Para el que quiera conocer la verdadera historia de Alexia le recomiendo que se dirija a su web

16 octubre 2008

La payasa Helena Resano

Cualquiera que tenga dos dedos de frente, sabe que es casi imposible que un vídeo "salte" a unos pocos fotogramas de otro vídeo (otro archivo diferente, con distinto nombre) en el mismo instante en el que el audio se oye la palabra "PAYASO", y el vídeo se ve la cara del líder del PP "Mariano Rajoy", ¡que casualidad mas casual!.

La payasa Resano nos quiere hacer creer que se trata de un error humano y técnico, pero ni su mamaíta se lo cree. Se suele decir que a nadie le gusta que le escupan encima pero mucho peor le va a sentar si encima le dicen que está lloviendo.

Helena Resano es solo una payasa a sueldo de la cadena, una payasa que no hace bien su oficio que se supone es el periodístico, lo único que hace bien es lamer la mano de su dueño, la sexta, la cadena amiga de ZP.

Patética, Helenita, patética

Fe de erratas: Pedimos disculpas por un error humano y técnico, al emplear la palabra payasa en lugar de presentadora, la palabra payasa se refería a otro artículo en el que hablábamos sobre la vicepresidencia de gobierno.

15 octubre 2008

Los nacionalistas quieren rehabilitar la imagen del asesino y traidor Luis Companys


(Texto resumido de MinutoDigital)

Companys fue un burgués de izquierdas, por tanto con unas raíces filosóficas relacionadas más con el individualismo y relativismo, aunque tambien apoyaba el totalitarismo marxista. Fue un personaje mediocre, mezquino y oportunista, con una ideología bastante simplona, de corte jacobino, el perfil intelectual de Companys era bajo, personaje, un tanto ridículo que había adquirido cierto renombre defendiendo anarquistas (...).

Instalado en el poder Companys apostó por un separatismo cada día más extremista. Companys dijo que los catalanes sufrían una agresión “de los lacayos de la monarquía y de las huestes fascistas monárquicas” alimentando el fuego de la radicalización que produjo numerosos muertos atribuibles a su entera responsabilidad.

Y estos llegaron el de 6 de octubre de 1934. Companys, prisionero de sus proclamas catalanistas, rehén de su discurso demagógico que había buscado la rebeldía popular apostó por la total ruptura con la legalidad democrática republicana alzándose en armas en connivencia con el PSOE en lo que fue, ni más ni menos, que un intento de golpe de estado. La disculpa, la entrada en el gobierno del partido más votado en las últimas elecciones, la derechista CEDA.

Companys, desde los balcones de la Generalidad lanzó la siguiente arenga: “Las fuerzas monarquizantes y fascistas que de un tiempo a acá pretenden traicionar a la República han logrado su objetivo y han asaltado el poder. Los partidos y los hombres que han hecho publicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra; los núcleos que predican constantemente el odio y la guerra contra Cataluña, constituyen hoy el soporte de las instituciones. Todas las fuerzas auténticamente republicanas y los sectores sociales avanzados, sin excepción ni distinción, se han levantado en armas contra la audaz tentativa fascista. Cataluña enarbola su bandera y llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia absoluta al gobierno de la Generalidad, que, desde este momento, rompe toda relación con las instituciones falseadas. En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del parlamento, el gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña, proclama el estado Catalán dentro de la República Federal Española …”

El pronunciamiento había comenzado el 6 de octubre y finalizó la mañana del día 7, apenas había durado unas horas, pero la estúpida ambición de Companys dejó aproximadamente 73 muertos innecesarios.

La represión se atempera durante los años 1937 y 1938, para volver a subir en 1939, barajándose un total de al menos 2.300 ejecuciones más en el territorio catalán.

Finalizada la contienda civil, Companys huye a Francia donde es detenido por la Gestapo y entregado a las autoridades españolas que tras un juicio militar condenan a muerte al que fuera presidente de la Generalidad.

El balance no puede ser más siniestro, son dos los hechos criminales que se deben imputar a Luis Companys y Jover.

Por lado un levantamiento armado contra la legalidad democrática, que provoca decenas de muertos en octubre de 1934, y por otro la responsabilidad política y personal directa en la represión en Cataluña durante la Guerra Civil, represión que Companys no solo no desconocía y permitía, sino que apoyó con sus medidas legislativas y de gobierno.

De aplicarse las mismas normas procesales y penales que se utilizaron durante el juicio de Nuremberg contra los dirigentes nazis, a la conducta de Companys, seguramente habría acabado, al igual que los jefes nazis, colgando de una soga.

14 octubre 2008

Lo que significa ser un héroe

13 octubre 2008

El barco de la muerte

El "Barco abortista" de la ONG holandesa Women On Waves llegará el próximo jueves a Valencia en su primera campaña en España para reivindicar el aborto como un derecho de la mujer y defender la necesidad de cambiar la legislación, que consideran obsoleta dentro del ámbito europeo. Tiene previsto realizar abortos en aguas internacionales.

Si fuera por mi, mandaría hundir este barco de inmediato, con uno de esos torpedos que Zapatero les ha regalado a los moros en vez de usarlo para hundir barcos asesinos como este.

Banderas en los balcones


El año pasado conté 8 banderas de España en los balcones de los edificios de mi calle el día de la Hispanidad, el 12 de octubre. Este año solo estaba la nuestra y no entiendo por qué se ha quedado sola ¿a que se habrá debido? Podría entender que faltaran un par de ellas, pero que solo yo la haya puesto es difícil de digerir.

Cualquier país del mundo esta orgulloso de su patria, de su historia, y nosotros en pleno siglo XXI nos avergonzamos de mostrar nuestra enseña, y este síntoma no es nada bueno para nuestra patria.

Me gustaría animaros a que los días señalados para España, nuestro ejército, etc, colguéis la bandera nacional en vuestros balcones, que todo el mundo sepa que España tiene españoles orgullosos de serlo y que la honran visiblemente al menos en el día de nuestra fiesta nacional, el 12 de octubre.

11 octubre 2008

12 de octubre, Fiesta Nacional de España


El 12 de octubre, es el día de España, de la Hispanidad, el día señalado en el que los españoles rendimos tributo a España y a todos los que han dado su vida por ella, y por añadidura a todo nuestro ejército, por su crucial e indispensable labor en la defensa de nuestra patria. Por eso quiero felicitar especialmente a todos los componentes de nuestro ejército, que están dispuestos a dar su vida en la defensa de España, dispuestos a dar su vida por defender la de todos y cada uno de los españoles incluyendo a todos esos hijos de puta que la atacan desde dentro, nacionalistas, terroristas, etc.

Todavía nos queda algo de ejército, por eso escribo estas lineas aunque las escribo algo triste y apesadumbrado, pues no se si dentro de unos años tendremos todavía ejército o una gran ONG.

Un recuerdo y homenaje especial a todos aquellos que han muerto por España, todos, incluyendo los que en acciones de combate han perecido aunque el gobierno haya dicho en la versión oficial que han sido muertes causadas por accidentes. ¡No somos tontos!

¡Viva España!
¡Viva el Ejército español!

10 octubre 2008

Sangre de España


Por Díaz de Vivar

La única película española patriótica en democracia que creo recordar. Sangre de Mayo es la última obra de ese artesano del cine español (remarquemos esta vez lo de cine y español) que es José Luis Garci. Y, como tal obra de artesanía, es detallista, esmerada, meticulosa, impecable en su factura. Parece como si una máquina del tiempo nos hubiera transportado 200 años atrás, tal es la "realidad" en la que nos sumergue el director madrileño.

(para leer más pulsa el enlace)

09 octubre 2008

Miserable Socialismo miserable

06 octubre 2008

Creacionismo

Artículo de Jose Manuel de Prada

Que los medios de comunicación alteran la realidad,
introduciendo a su conveniencia tergiversaciones más o menos gruesas que dificultan o impiden una cabal comprensión de los acontecimientos, no parece asunto que admita demasiada controversia. Más estupefaciente resulta que tales tergiversaciones gruesas puedan ejercer sobre sus destinatarios una suerte de abducción plácida, un estado de hipnosis que reformatea su capacidad de juicio y les hace tragarse sin rechistar las trolas más rocambolescas y desquiciadas. Entre las trolas establecidas por la prensa occidental y acatadas sin rechistar por el común de los mortales merece cierto análisis la ensañada y furibunda execración del ‘creacionismo’, que se suele pintar como una quimera urdida por cuatro friquis fanáticos, según la cual el origen de la vida debe ser explicado mediante una lectura literal del primer capítulo del Génesis. Esta caracterización paródica de los llamados ‘creacionistas’ resulta tan inverosímil como otra que caracterizase a los ‘evolucionistas’ como friquis que aceptan sin empacho que el hombre desciende por vía directa del mosquito del vinagre, puesto que comparte con él un altísimo porcentaje de su material genético. A cualquier persona mínimamente dotada de inteligencia le sublevaría una definición tan esquemática y torticera del evolucionismo; sin embargo, casi todo el mundo parece satisfecho –y hasta complacido– con la definición ridícula y pintoresca que se ofrece del creacionismo. Satisfacción que sólo admite una explicación patológica: nos produce tanta desazón sospechar que somos necios que sólo la certeza de que existen otros más necios que nosotros logra aliviarnos.

Seguramente existan necios que sostengan que el mundo fue creado en seis días de reloj por un taumaturgo de abracadabra, como sin duda existirán necios que cuando se tropiezan con un mosquito del vinagre se enternezcan, pensando que se hallan ante un pariente lejano. Pero la prensa que exalta las teorías darwinistas sin conocerlas, o conociéndolas tan sólo de forma brumosa, a la vez que hace escarnio de unos creacionistas bufos, esquiva el asunto primordial, precisamente para evitar que la pobre gente abducida emplee su juicio. Y el asunto primordial no es otro sino aceptar que la creación es fruto de un azar complejo o asumir que obedece a un designio divino. El propio Darwin nunca negó la intervención divina en su obra canónica, El origen de las especies; pero, misteriosamente, la prensa que lo jalea –que, por supuesto, no se ha tomado la molestia de leerlo– suele esgrimirlo como autoridad irrefutable para negar tal intervención, condenando a quienes la afirman al gueto de los indoctos y los oscurantistas. Pero lo cierto es que tal intervención, por mucho que avance la ciencia, nunca podrá ser probada ni refutada categóricamente; en cambio, el sentido común sí puede ayudarnos a comprender que ciertos misterios que rodean el origen del hombre no pueden ser explicados mediante meras teorías evolutivas.

En su deslumbrante libro El hombre eterno, Chesterton nos invita a penetrar en las cavernas que habitaron nuestros antepasados. ¿Y qué descubrimos en las paredes de dichas cavernas? Descubrimos que nuestros antepasados, que el imaginario popular ha caracterizado como rudos y primitivos, pintaban; descubrimos que poseían una sensibilidad inalcanzable para cualquier animal; descubrimos que estaban poseídos por la gracia del arte, una gracia que no bendice a ningún animal, ni siquiera en sus expresiones más balbucientes o rudimentarias. Y es que el hombre es el único ser de la creación que puede ser criatura y creador a un mismo tiempo; y este rasgo personalísimo, esta singularidad misteriosa, establece una barrera insalvable entre hombres y animales, una ruptura en el continuum de la evolución que ningún avance de la ciencia podrá explicar jamás. Las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres; los monos no pintan mejor a medida que evolucionan: simplemente, no pintarán jamás. Ese rasgo exclusivo de la personalidad humana plantea un desafío a nuestra inteligencia que la prensa occidental se niega a afrontar. El creacionista no es ese friqui fanático que se aferra a la literalidad del primer capítulo del Génesis; es, pura y simplemente, la persona que se niega a comulgar con las ruedas de molino del pienso ideológico con el que nos pretenden abducir y se pregunta: «¿Qué ocurrió en las cavernas para que un ser rudo y primitivo se pusiera a pintar?».

04 octubre 2008

Hawking y la rebelión de los masa

Por Alfonso García Nuño

Hace unos días, a raíz de la presencia del afamado físico británico, Stephen Hawking, en Santiago de Compostela, los periódicos se hicieron eco de la rueda de prensa que ofreció. Pocos rostros de teóricos vivos de la ciencia resultarán más familiares al gran público, aunque sus aportaciones serán tan desconocidas como las de los demás. A lo más, en el caso del británico o en el de otro colega, la gente se puede hacer eco de algunas frases recortadas de un discurso más amplio y recogidas en su periódico o telediario habitual, el cual se encargará de darle la atmósfera y colorido correspondientes.

En cualquier caso, siempre caerán en el contexto cultural general y, como la holganza mental suele suplir al buen sentido, si lo que está en boga es que solamente hay materia y que no hay ni Dios ni creación, así se entenderán las palabras de quien haya hablado. Por cierto, cuando converso –al menos cuando lo intento– de estas cosas con la gente, salvo raras excepciones, suelo sacar la conclusión de que casi todo el mundo opina pero que, por lo general, nadie sabe de física, ni qué es materia ni qué creación. ¡Ah!, y cuántos ni siquiera saben dialogar y aún menos escuchar.

Tres afirmaciones de Hawking se destacaron. Según cuenta la prensa, en su opinión, las leyes del Universo "no dejan mucho espacio para milagros ni para Dios". ¿Cómo entender esto? Prescindamos de la obra científica de quien lo dijo e intentemos comprender esta frase y las otras dos como podría hacerlo un lego en física con criterio propio. Hay dos posibilidades. Una sería entender que debido al enorme avance que ha habido y sigue habiendo en el conocimiento de las leyes físicas (que explican solamente el funcionamiento del Universo material) poco queda inexplicado para lo físico. Por tanto, poco espacio resta para echar mano del fácil recurso al Deus ex machina para atribuir como causa de lo desconocido al milagro. Esto es algo tan elemental y tan obvio, por pocos conocimientos científicos que se tengan, que no hace falta que lo diga un profesor de Cambridge. Y, si es preciso que lo haga, ¡qué nivel cultural tenemos!

La otra posibilidad es concluir que al conocerse cómo funciona lo material ya lo sabemos todo y, como en ninguna ecuación cabe Dios, pues Éste no existe. Para lo cual, no entra para nada la física, sino el acto de fe por el cual se cree que toda la realidad se puede medir con las matemáticas y que sólo lo que se puede reducir a ecuación es real.

Vamos a por la segunda afirmación. «La ciencia está contestando cada vez más a preguntas que solían ser dominio de la religión». ¿De que religión? Si uno lee a los Santos Padres o una obra de la "oscura" Edad Media, como puede ser la Suma de Teología de Santo Tomás, o incluso los catecismos post-tridentinos de Astete o de Ripalda, se dará cuenta de cuáles han sido y siguen siendo las cuestiones del cristianismo. Curiosamente a ninguna de ellas responde la física y, desde luego, la física seria ni pretende hacerlo. Lo que ha habido a lo largo de la historia es que muchos han usado la religión tanto para un roto como para un descosido. Es de agradecer a los científicos que vayan achicando el espacio a los zurcidores con hilo ajeno.

Y la última. Hawking se muestra muy optimista con el avance de la física; según él, los progresos científicos permitirán "proveer pronto una respuesta definitiva a cómo empezó el Universo". Si se quiere decir que pronto se sabrá cómo fueron los comienzos del Universo, sólo cabrá discutir la confianza en los futuros logros, pues la Historia de la ciencia nos enseña que las respuestas van acompañadas de nuevas preguntas. Pero, en cualquier caso, hacia eso, entre otras cosas, debe caminar la física. Ahora bien, si se pretende decir que en fórmula matemática se podrá explicar por qué hay ser y no nada o cómo de la no materia se pasó a ésta, estaríamos entendiendo la física como alquimia o como religión.

Una de las características del hombre masa de Ortega es que no reconoce los límites de su saber. No es infrecuente encontrar personas sobresalientes en un campo que hablen sobre cualquier cosa como si de todo entendieran igual que de lo propio. El ignorante no sabe, el necio cree que sabe. Y luego está el que, por pereza, hasta comulga con ruedas de molino.

02 octubre 2008

Poner la otra mejilla

Es recurrente en mi blog que cada cierto tiempo venga alguno de esos a los que les gusta atacar a la Iglesia Católica y me diga que si soy cristiano tengo que poner siempre la otra mejilla. Ellos lo toman en sentido literal pero para el que no lo entienda, lo explico.

Lejos de ser una actitud masoquista, el ofrecimiento de la otra mejilla es una afirmación de la dignidad personal sin recurrir a la violencia, poniendo al otro en la comprometedora situación de actuar de tal manera que sería él quien se deshonraría. Tomárselo en un sentido literal de la frase es pecar de ingenuidad. Espero haberme explicado bien.

Lástima que eso del honor ya no se estile en esta época de relativismo y deshonor.