
La tibieza en la defensa del catolicismo es grave y es lo que buscan los socialistas. No es casual que procuren desactivar lo que J.A.Schumpeter llamaba “fortalezas privadas”, y dejar al individuo aislado frente a la calidez narcótica del poder político. No por azar los totalitarios suelen ser recelosos o abiertamente enemigos de la familia tradicional y el matrimonio, los contratos voluntarios, las costumbres, la propiedad privada, el mercado, la moral y la religión, porque esas instituciones apuntan a una sociedad de mujeres y hombres responsables y libres.
Con la excusa de que todo vale, de que hay que propiciar el pluralismo y de que los intereses de toda la sociedad deben ser tenidos en cuenta, y como eso es imposible, los enemigos de la libertad acaban por aceptar, alentar y aplaudir que las autoridades impongan una artificial y antiliberal armonización de intereses que a la postre sólo satisface los suyos.
Si el PP quiere ponerse de perfil y no defender enérgicamente la religión que los españoles profesan o sienten más cercana (¡no es que no les moleste!), por temor a ser acusado de fundamentalista por una izquierda que esgrime esa acusación contra Rouco más que contra cualquier musulmán, está cediendo un terreno crucial a sus adversarios, que además ya están cubriendo las alternativas (dejar la decisión a los centros o no) con su habitual destreza, jugando unos a polis buenos y otros a malos.
Y, doña María Dolores, no todas las decisiones judiciales son respetables: por ejemplo, una sentencia que afirma que un crucifico ataca y vulnera derechos y libertades no lo es.
Carlos Rodríguez Braun






